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Silencio, que nadie escuche



POR Cristian Castro Rivas*


En el pueblo nadie hablaba de las vacas que amanecían muertas, ni de las minas que habían volado en mil pedazos a los hijos de don Fausto. No hablaban de Agustino tocando a su hija, del muro de la escuela que había lesionado a la profesora Carmen, o de las velas que sucumbían en la plaza de barro y que quemaban los pies descalzos de quienes bajábamos del comedor de la alcaldía después de las novenas. No lo hacían porque todos hablaban de que éramos maricas; hablaban de Rodrigo y de mí, de cómo nos habían encontrado en el pueblo viejo, de cómo su padre lo había golpeado contra el alambrado de púas. Hablaban de que éramos maricas, pero habían olvidado hablar de que éramos niños, que teníamos once años y, por eso, mataron a Rodrigo.

Esa madrugada me despertó mi mamá que escuchó los gritos de la señora Enunciación, la abuelita materna de Rodrigo. Ella gritaba, gritaba profundo, con su garganta reseca y lastimada por el tabaco. No sabíamos si lo hacía por lo que ocurría en su casa o por el cáncer que se la llevaría dos semanas después. Mi madre me escribió casi un mes luego de que ella muriera, me dijo que nadie estaba seguro de si murió de cansancio, de estar sola o porque Rodrigo había regresado en su búsqueda. Esa noche hacía calor, más que las anteriores. Con mi madre esperamos unos minutos a que los gritos cesaran, pero no pasaba nada. Por un momento pensamos en que era don Pedro, el papá de Rodrigo, que lo había zurrado porque así había sido unos días atrás. Él bebía en el pueblo viejo, rondaba por mi casa por unos minutos, antes de que se oscureciera la loma, y volvía a su casa, a unos metros de la mía. Pero esa noche don Pedro no había subido del pueblo, la loma estaba silenciosa y los gritos de doña Enunciación eran lo único que se movía con el viento. «Hijueputas» decía, «hijueputa, es que usté no tiene hijos». Las cosas en la casa de Rodrigo comenzaron a caer, mi madre me miró y corrió como loca, trayendo y llevando cosas en el mayor silencio, como si la muerte hubiera perpetuado su estadía en nuestra casa y nadie existiera allí salvo el tiempo y nosotros, los fantasmas que quedaban para verlo.

No recuerdo mucho de lo que ella hizo, pero me montó una maleta, me puso un vestido de mi hermana Mariana y me miró con los ojos brillantes. De esos minutos solo me acuerdo que estaba feliz porque utilizaba uno de esos vestidos, probablemente el mismo que dañé meses antes en un ataque de pánico, al escuchar que mi padre había llegado y podía encontrarme con ropa de mujer. Los gritos se hicieron más fuertes; eran los gritos de Rodrigo que suplicaba a su abuela. Sentí un helaje subir por mi cuerpo y mi madre comenzó a sollozar, temblaba como si esa noche hiciera el más duro de los fríos, como si la casa estuviese despojada de paredes, como si ya no fuera una casa sino, más bien, un montón de cosas hogareñas en la mitad de la nada, de la noche oscura, en un valle con pequeñas montañas cercado por la selva. «Escúcheme» y me sobaba las manos. Mariana seguía dormida, o solo fingía; ella tenía trece y se había acostumbrado tanto a las cigarras como a los gritos y disparos. «Escúcheme, José Luis. Va a salir por el patio, se mete por la zanja esa que abrió su apá pa’ que no se inundara la cocina. ¿Sí me está entendiendo?» La verdad era que solo pensaba en cómo se me vería el vestido, en por qué mi madre me lo había puesto, en por qué doña Enunciación no paraba de llorar y Rodrigo de gritar y en qué pensaría mi papá si me viese así vestido; probablemente ya lo había hecho, y los gritos de la anciana eran los gritos de mi madre y no era Rodrigo quien suplicaba sino era yo.

«Va a salir pa’ arriba, pal’ rancho de la bruja Mapire y le va a decir que pa’ la mañana lo saque pa’ San José». Asentí. Y luego corrí, corrí tan rápido como podía, movido por el afán de viajar al pueblo, de sentir la brisa en mis piernas y dejar que la copa del vestido que me llegaba más abajo de las rodillas se elevara con el viento y el cielo, con la noche cálida de la selva del Guaviare; con el aire espeso que pesa más que los días de calor perenne, más que el hambre de las tardes o la angustia del porvenir que no se divisa en la frontera con el sol al amanecer.

Escuché disparos a mi espalda y me tiré a la zanja recordando lo que había dicho mi madre. Los perros se despertaron y pasaron como látigos sobre mi cabeza que sobresalía de la mierda que llevaba el agua del hueco que había cavado mi padre y que, entonces, se me hizo muy similar a una tumba. Claro que no pude reflexionar lo que eso significa hasta muchos años después, cuando ya estaba aquí, en Bogotá, y me dedicaba de pleno a caminar por las calles del Santafé y a dormir en los pórticos de la Candelaria, abrazado a los perros. A ellos también los mataron; digo, a los de la finca. Canela murió muy cerca a la entrada de mi casa, la escuché llorar por muchos minutos, y escuché el filo de un machete cortando su carne. A Pancho lo mataron antes, cuando iba a saltar la zanja le dispararon y cayó en el hueco con un ruido sordo. Pero el primero fue Caquito, le pusieron así porque era la forma en que yo decía charquito cuando era pequeño, a Caquito lo mataron por dormir en la entrada de mi casa.

Estuve tanto tiempo allí recostado que pude escuchar a Doña Enunciación cuando dejó de sollozar. Cuando escuché a mi padre gritando, comencé a correr de nuevo, esta vez impulsado por el pánico. Mi padre gritó con tanto miedo en su voz que sentí que me arrastraría con él si miraba atrás. Corrí tan rápido que perdí las fuerzas y, cuando llegué a la casa de la mujer Mapire, a quien mal llamaban bruja por ser una prostituta; tenía un diente partido, la nariz sangrando, y tierra o mierda en la cara y el vestido, ella fue la primera en decirme que todo estaba bien.

De esa madrugada todo es borroso, parece un recuerdo que se tiene a los cuatro años, de esos que no se distinguen entre un sueño o una película; hasta de pronto puede ser un cuento porque en ese pueblo ni música había. Cuando mi madre me volvió a escribir, yo estaba en Villavicencio y en unas semanas iría a Bogotá. Me dijo que todo estaba bien; que a Rodrigo lo habían matado, pero a mí no y que por eso todo estaba bien, que esa noche no me encontraron y que por eso violaron a Mariana, pero que yo seguía vivo y por eso todo estaba bien. Que de San José podría subir hasta Villavicencio y que, por eso, todo estaba bien. «De ahí usted verá pa’ onde coje, pero pa’qui no más, que ni yo, ni su apá, ni su hermana queremos problemas con esos señores» y por eso, también, todo estaba bien.

De aquellos días solo me quedan los vestidos y la muerte.

Nunca supe cómo mataron a Rodrigo, pero la mujer Mapire me contó que encontraron su cuerpo empalado en la entrada del pueblo viejo y a su padre con el cuello cortado y amarrado a la estaca que sostenía el cuerpo de su hijo de once años, como si alguien pudiera solo encontrarse con eso. Su casa la habían quemado, al igual que la de mis padres. En la pared del colegio habían escrito “No queremos maricas aquí”. Esa pared no se cayó, pero ni él ni yo supimos qué era eso, un mensaje que nos hubiera servido más leer antes de que lo mataran y de que yo lo besara.

En la última carta de mamá supe que a doña Enunciación la recibió la esposa del sacerdote de la parroquia, una anciana unos años más joven que ella. También supe que antes de morir, el cura la absolvió del pecado de tener un nieto maricón y que, por eso, pocos en el pueblo creían que hubiera sido Rodrigo quien viniera por ella. A mi padre lo mataron al año siguiente, porque él también era culpable de tener un hijo maricón y a mi madre… de ella nunca volví a saber, tampoco de mi hermana. Lo último que me quedó por decirles es que nunca hice nada malo, salvo haber besado a Rodrigo; que si hubiese sabido lo que era un beso no lo hubiera hecho; que si alguien me hubiera dicho lo que le pasaba a un marica, no lo hubiera sido; y que nuestro único error fue contar con la mala suerte, con eso, y con los malparidos que ese día nos mataron.


*http://www.sombralarga.com/archivo.php?tipoAutor=271&artArchivo=196&tipAutArc=1



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